Ratzinger y el elogio de la biblioteca
21 Septiembre 2008Voy a serles sincero, entre determinados miembros de la Iglesia católica, he encontrado personas valiosísimas. Abades y monjes del monasterio de Leyre, de la Oliva o Silos, sacerdotes, algún obispo … personas sensibles y apasionadas por temas relacionados con las obras de arte, y otras obras humanas: poesía, arquitectura, filosofía, fitoterapia, licores, vinos, agricultura … apasionados y cultísimos. De pensamientos profundos y elaborados, discursos exquisitamente estructurados: Una verdadera gozada escucharles o mantener una sana discusión sobre cualquier tema. Ellos tambien forman parte de la Iglesia.
Pero ¡ay! … luego están los fanáticos, las chusmas iletradas, los intransigentes, los kikos, el opus dei, las apariciones marianas, o el esperpento de las procesiones de semana santa contrapuestas a la sublime Pasión según San Mateo de Bach.
Un enorme cajón de sastre donde su contenido, pasado por una trituradora, conforma una pasta verdosa y putrefacta que supera cualquier efecto especial de película de terror, esas de serie B. Si añadimos las excelentes dotes diplomáticas, ansias de poder de sus jerarquías o el pragmatismo de los jesuitas, tendremos un cuadro aproximado de qué cosa es eso que llaman Iglesia.
Ratzinger y el elogio de la biblioteca es un artículo escrito por Rafael Aguirre, catedrático de teología de la universidad de Deusto. Si son capaces de obviar lo anterior. su lectura es muy recomendable, para cristianos, ateos y otras gentes de dudosa moralidad pero con apertura de miras y pasión por el debate razonado en libertad. Algo que escasea en esa masa viscosa que algunos se atreven a llamar Iglesia.
Voy a dar un salto que espero no sea impertinente. Me preocupa que en la mayoría de los llamados ‘nuevos movimientos’, en auge hoy en la Iglesia, el ‘buscar a Dios’ no vaya acompañado por una búsqueda esforzada de la verdad, por la pasión por el estudio y por el diálogo con la cultura. En sus casas no suele haber bibliotecas, sino escuetas estanterías para manuales oficiales y libros piadosos y hagiográficos del fundador. No buscan la verdad porque están convencidos de poseerla plenamente. La actitud de diálogo -en el que no se renuncia a las propias convicciones, pero se parte con la predisposición a cambiar y aprender- se interpreta como debilidad de la identidad cristiana. «La generación postconciliar, tan amiga del diálogo, habéis fracasado», se nos espeta desde la ignorancia y desde la inseguridad psicológica apenas disimulada.