El altar familiar con nuestros santos

Domingo 2 Noviembre 2008 - Enviado por Cayetano Lupeña

Hilario Lupeña Hernández In Memoriam, mi padre 1929-1993

Hilario Lupeña Hernández y su hijo Cayetano. Abadiño 1961
Hilario Lupeña Hernández y su hijo Cayetano. Abadiño 1961

Mi padre, como tantos otros millones de hombres, no tuvo tiempo de escribir un “poema de despedida a la vida” (Jisei). Ni aparece en los libros de Historia, a pesar de haber llevado, o soportado, una vida heroíca.

El Bon Odori es un festival de danza tradicional japonés. Se celebra en Japón cada verano (entre julio y agosto) y está organizado localmente en cada pueblo y ciudad. Es una temporada festiva durante la cual se da la bienvenida a las almas de los ancestros. El Bon Odori es una tradición budista, originaria de China, quienes hayan visto la película Los sueños de Akira Kurosawa, recordarán el último sueño donde un hombre de 103 años acompaña con su danza el alegre entierro de un vecino de la aldea.

Durante el Bon Odori la gente se reúne en lugares abiertos alrededor de una torre con tambores taiko (tambor japonés) y baila al compás de la música tradicional. La música debe ser alegre para dar la bienvenida a las almas de los ancestros y la gente debe mantener un humor alegre. El Bon Odori debe ser celebrado durante la noche debido a que se cree que las almas de los antepasados regresan durante la noche.

El culto a los antepasados familiares más concretos es el que se da en el seno de la casa, en un santuario ubicado en el cuarto de estar de la familia. Allí se honra sólo a los seis o siete últimos miembros de la familia fallecidos, lo que se hace de modo diario y sin distinción de clases económicas o sociales. Diariamente se coloca comida para los padres y los abuelos, así como para los parientes próximos a quienes se recuerda en vida y que están representados sobre el altar con lápidas en miniatura.

Aquí, en nuestro entorno con la tradición cristiana, el día 2 de noviembre, se celebra la Conmemoración de los Fieles Difuntos y es tradición asistir al cementerio para visitar y recordar a quienes ya nos abandonaron. Sin embargo éste y otros rituales relacionados con el Día de Difuntos se van perdiendo o transformando.

Tampoco es casual, entre nosotros, el relativo éxito de la noche de Halloween (Noche de Brujas) de origen celta y que se celebra la víspera del Día de Todos los Santos. Fiesta muy útil para montar “fiestas de disfraces” o saraos discotequeros orientados a obtener pingües beneficios. La producción audiovisual norteamericana hace estragos en las mentes infantiles reblandecidas por las palomitas y la coca-cola.

Tras esta introducción quería contar otra cosa. En general se celebran Grandes Acontecimientos de la Historia, centenarios de nacimientos y fallecimientos de Grandes Hombres con los que nunca hemos tenido un relación especial o lazo afectivo. Con las palomitas, la coca-cola y una educación basada en glosar, ensalzar y adular a Grandes Hombres (entre quienes se encuentran los mayores hijos de puta de la Historia) nos olvidamos de nuestros muertos. Nos cagamos en ellos.

Ni los Santos (de cualquier religión), ni los los Grandes Hijos de Puta, ni los Grandes Acontecimientos de la Historia, deberían hacernos olvidar a quienes un día recorrieron un trayecto de su vida junto a la nuestra.

Nada de Grandes Homenajes y dispendios presupuestarios, un simple y sencillo altar en el salón de nuestra casa: Fotos, pequeños objetos que tuvieron en sus manos, el libro que alguna vez leyó … Reinventar un rito para demostrar (o demostrarnos) que aún los recordamos, un acto civil de respeto a su recuerdo. Unos muertos insignificantes para la Historia pero fundamentales para cada uno de nosotros.

Que nadie los olvide. No cuesta nada montar en el salón de nuestra casa sustituyendo al televisor, por ejemplo, nuestro particular altar familiar. Allí podemos quemar, en su honor, todos los libros que ensalzan las Grandes Infamias de la Historia.

Firma Cayetano Lupeña

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