Divismo

3 Octubre 2008

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Por Lucas Santos

Odio el divismo con todas mis fuerzas. No lo soporto y quien hace gala de él, no debería pisar ese espacio sagrado para un músico, llamado escenario, hasta que toque suelo real. La figura del manager, que de vez en cuando le da una colleja al artista en cuestión y le devuelve a la realidad es más que necesaria. Parece que nos volvemos idiotas cuando nos bailan el agua.

Hace unos añitos, me encontraba siguiendo el festival de jazz de Vitoria. Me disponía a ver y escuchar a una de mis debilidades por aquel entonces. Keith Jarret, uno de los pianistas más importantes y con más influencia de aquella época y creo que también de ésta. Nada más empezar el concierto, Keith se levanta del piano y se va. Deja la composición a medio terminar y se marcha del  escenario. Todos nos miramos con cara de sorpresa y nos preguntamos: ¿qué pasa aquí?, ¿forma esto parte de la actuación?. Una voz en off, de la organización nos espeta: ha dicho el señor Jarret, que si os calláis y no volvéis a hablar vuelve a salir.

Bueno, la bronca fue monumental. El pianista se habia enfadado por que había oido voces cuando empezó a tocar. Este suceso se volvió a repetir, por otros motivos,  otras dos veces más en la misma actuación. Aquel día se calló uno de mis mitos. No he vuelto a verle, ni he vuelto a comprar un disco suyo, ni por supuesto volveré a sus conciertos. Lo infame, es que esto, se vuelve a repetir con diferentes músicos de todo tipo de músicas. Me volvió a pasar con Bob Dylan en Donostia y no fui a ver a Paco de Lucía por lo mismo. No lo aguanto.

No aguanto, que un músico o una formación, se pase ochenta pueblos, exigiendo unas condiciones leoninas para actuar en un lugar, un hotel entero de 100 habitaciones para tres peleles, 200 botellas de whiski para una noche, color de paredes de la estancia fucsia, agua mineral de un extremo del mundo, una alfombra persa valorada en unos miles de euros, personal de servicio con prohibición de mirarle a los ojos, en fin la lista sería interminable. También creo que deberían de ser los manager y las empresas contratantes quien debieran poner freno a esos caprichos de niñato, pijo, rico consentido y mal criado.

Por curioso que pueda parecer, la respuesta a todo esto me la dió otro un músico. Él me dijo: “…lo que nosotros hacemos no es importante. Hacemos música, arte, divertimos, entretenemos a las personas y vivimos gracias a ellas. No tenemos que besar el suelo por donde pisan pero si agradecer que estén ahí. Son ellos los que nos mantienen y somos algo por ellos. Son tan importantes, que sin ellos nuestro trabajo no tendría sentido. ¿Para qué compongo yo, si finalmente nadie lo escucha?. Yo soy si ellos están, si no, no soy nada…”.  Esto si es un músico con los pies en la tierra. Y esa es la actitud que deberían de tener todos, solistas y grupos, pequeños y grandes, noveles y consagrados. A este músico si le iré a ver, si lo respetaré y si compraré sus discos, a los que van de divos, nunca jamás. Además haré lo posible por borrarlos de mi vida y de los oidos de los demás. Ser músico no significa ser un idiota embobado y mucho menos hay que consentirlo, de lo contrario estamos contribuyendo a crear el divo arrogante, imbécil, corto y bobo, en definitiva estamos creando y dando alas a un desequilibrado, que tarde o temprano nos amargará el día diciendo que él es un artista.

Boj - Edición de grabado

Un comentario en “Divismo”

  1. Alberto escribe:

    Ayer me vino mi chica a decirme alucinada que había llamado por teléfono a las oficinas de tercer ciclo de la USC y que el funcionario que le había atendido había sido amable, paciente y eficaz, y le había solucionado el problema en unos minutos. La palabra importante de esta anécdota es “alucinada”. El hombre se limitó a hacer su trabajo lo mejor posible pero le hubiese besado los pies.

    Con las “estrellas” pasa igual. Cada vez que uno demuestra no tener tontunería encima sino ser una persona normal uno se lo agradece en el alma. “Te agradezco que seas normal”, que paradoja.

    Hace algunos años Les Luthiers estaban haciendo un espectáculo en el Auditorio de Sevilla, al aire libre. Estaban haciendo el número “Manuel Darío”, un falso documental sobre un cantante latino; en el momento en el que salía la falsa madre diciendo “yo soy la madre de Manuel” tuvieron que parar porque un sector importante de la grada gritaba: no se oía nada desde su posición. Cuando Luthiers oyeron lo que pasaba pidieron a seguridad que los realojaran en el suelo delante del escenario si a ellos no les importaba. No les importó. Quince minutos después volvieron a salir y Marco Mundstock dijo “yo soy la madre de Manuel… como dije hace poco en otro documental muy parecido a este”.

    Tampoco es tan difícil, digo yo.

Comentarios


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