Sacamantecas

27 Abril 2007

Cuando preguntábamos a nuestros padres la razón por la que no podíamos ir a tal o cual lugar aparecía la figura del Sacamantecas o del Hombre del Saco. Nos contaban por ejemplo, que dormía en el pajar del antiguo pórtico de la iglesia de San Pedro de Tabira, o señalando a un mendigo nos advertían de su peligrosidad, luego en casa nos amenazaban con esas figuras terribles en caso de que no fueramos obedientes. El Coco y otras figuras de asustar.La realidad mejora o empeora la ficción. Juan Díaz de Garayo en Alava y Francisco Leona (con varios implicados más) en Almería fueron dos personajes destacados en la crónica de sucesos. Para mantenerlos entretenidos un par de historias de terror.

La primera. El 6 de octubre de 1821 nace Juan Diaz de Garayo “el Sacamantecas” célebre asesino de mujeres. Nació en Eguilaz (Alava), el 16 de octubre de 1821. Era labrador. Casó en cuatro ocasiones y, salvo el matrimonio primero que contrajo con una viuda, “la Zurrumbona”, las restantes uniones fueron desastrosas. En su historial cuenta con seis asesinatos de mujeres de edades entre los 13 y 55 años, a las que violó previamente. Otros cuatro asesinatos se frustraron debido a la resistencia que ofrecieron sus víctimas. Terror de la llanada alavesa, su triste trayectoria criminal fue llevada a la novela y al cine (Cuerda de presos, 1956). Fue detenido y ahorcado en el Polvorín de Vitoria en 1880. Su cerebro fue estudiado por los médicos, que llegaron a la conclusión de que su capacidad mental no estaba oscurecida y de que se trataba de un vulgar asesino. (Fuente: Enciclopedia Auñamendi)

Esta es la segunda historia que dio lugar a la leyenda del hombre del saco y del sacamantecas, Julio apodado el tonto y Francisco Leona, dos personajes tan unidos en la barbarie y la maldad que llegaron a confundirse en uno solo: el hombre del saco o sacamantecas, dos nombres por el que era conocido un asesino feroz que vagaba por los campos con una navaja y un saco, robando y matando jovencitos y que, durante muchos años, quitó el sueño a muchos niños.

Francisco Leona, principal acusado en el crimen de Gádor
Fotografía: Hemeroteca Provincial de Almería

Todo sucedió en un pueblecito llamado Gádor, situado en la vega del río Andarax y a quince kilómetros de Almería. No existiría en Gádor nada que lo distinguiese del resto de pueblos de la zona sino fuese por el asesinato del niño de siete años, Bernardo González Parra, a manos de un grupo de hombres y mujeres desalmados en un patio de escasas dimensiones de un cortijo de su término municipal.Es una historia indigna y sobrecogedora; un suceso que todavía hoy, a pesar del tiempo transcurrido, nadie en la vega del Andarax ha olvidado. Sucedió el 28 de junio de 1910. Aquella tarde, los padres de Bernardo notaron su falta e inmediatamente comenzaron a buscarlo; recorrieron los alrededores preguntando a los labradores que regresaban del campo, pero parecía que al niño se lo había tragado la tierra. Siguieron la búsqueda hasta bien entrada la madrugada cuando los padres, ante el resultado negativo de la búsqueda, decidieron dar conocimiento del hecho a la Guardia Civil.

Tanto la Guardia Civil como muchos vecinos del pueblo comenzaron una incansable búsqueda del pequeño que resultó infructuosa hasta que finalmente, a las cuatro de la tarde se presentó en el cuartel de la Guardia Civil de Gádor, un vecino del mismo pueblo llamado Julio Hernández Rodríguez y apodado “el tonto”, diciendo que había encontrado al niño en un barranco tapado con unas piedras. Según refirió estaba muerto y completamente destrozado.

En efecto, el cadáver de Bernardo fue hallado en un barranco a unos cinco kilómetros de Gádor, en un paraje conocido como “Las Pocicas”. El cuerpo estaba boca abajo y muy ensangrentado, cubierto con piedras y matorrales arrancados de los alrededores.

Practicada la autopsia por el forense se comprobó que el cuerpo de Bernardo presentaba un estado ciertamente lamentable, con las siguientes lesiones y mutilaciones: “Heridas múltiples en la cabeza, con rotura de huesos, algunos de cuyos trozos se introdujeron en la masa encefálica, producidas por un cuerpo contundente, como piedra, palo y otro cuerpo duro, manejado con bastante fuerza. En la axila izquierda el cadáver presentaba una herida profunda producida por arma punzocortante, que mide cuatro centímetros de longitud, arma que manejada de abajo a arriba dio ocasión a que su punta saliera por el hombre, donde produjo una herida de dos centímetros. En el vientre existía una herida de bordes limpios debida a arma cortante, que empezando más arriba de la boca del estómago, terminaba en el pubis. Los intestinos aparecían al exterior y estaban cortados por el duodeno, como a tres centímetros de su salida del estómago, y por el recto. Todo el colón ascendente, transversal y descendente apareció en absoluto desprovisto de epiplón y grasa. Falta todo el peritoneo, del cual no aparecen ni vestigios. El hígado está íntegro, así como el diafragma y todas las vísceras de la cavidad pectoral, razón por la que se deduce que el niño murió a consecuencia de las lesiones causadas en la cabeza, y que después de su muerte le fue abierto el vientre.”

La muerte se produjo a consecuencia de los golpes recibidos en la cabeza, eso estaba claro. Lo que se desconocía eran las circunstancias de la herida en la axila, cuyo propósito fue obtener sangre y la extracción de las grasas del vientre ¿Para qué?

Algunos señalaron sin vacilar hacia un mismo personaje: una mala persona llamada Francisco Leona Romero, de 75 años de edad y barbero y curandero de profesión. Era pariente de los que en Gádor monopolizaban el cacicato político y su vida se había deslizado en la más completa libertad de acción y en la más absoluta impunidad. Y así, comenzando por ser el niño mimado del pariente del cacique, siguiendo por ser el mozo estuprador y matón, continuando por ser el valiente, cruel y despiadado, con quien nadie se atreve, su insensibilidad moral se elevó hasta la más completa y absoluta atrofia de todo sentimiento altruista. Antecedentes acumulados a lo largo de sus setenta y cinco años, que hicieron a la Guardia Civil considerar la posibilidad de que fuera el asesino.

El viejo Leona supo ofrecer coartadas en los primeros interrogatorios a los que fue sometido e insinuó la posibilidad de que el infanticidio lo hubiera cometido Julio “el tonto”. La Guardia Civil detuvo a los dos.

Fueron conducidos a la cárcel de Almería y ya allí fueron sometidos a innumerables interrogatorios y careos. Negaban los dos algunas veces y otras se acusaban mutuamente. Julio en ocasiones admitía haber participado en infanticidio y otras no, pero siempre acusaba al curandero. Cuando admitía su participación en el crimen, aseguraba que quien mató al niño, golpeándolo en la cabeza con una gran piedra, fue Leona. Cuando se exculpaba refería que él lo había presenciado todo oculto entre unos matorrales aterrorizado.

Por fin, Julio mantuvo reiteradamente su acusación contra Leona, confesándose a la vez cómplice; y Leona terminó confesando también.

Así pudieron conocerse todos los pormenores del infanticidio, sus móviles y la totalidad de los cómplices y encubridores, que ese mismo día durmieron en la cárcel: González y Pedro Hernández Cruz, padres de Julio, Francisco Ortega Rodríguez “el moruno” y su esposa Agustina Rodríguez, Antonia López Delgado, José Hernández, hermano de Julio y su mujer Elena Amate Medina. La reconstrucción del asesinato no resultó fácil, pero al final de varias sesiones se pudo saber toda la verdad.

El infanticidio estaba relacionado con absurdas prácticas del más primitivo curanderismo, aquel que propiciaba el vampirismo de la sangre joven como método seguro para recuperar la salud y el vigor perdidos por la enfermedad o la vejez. Se supo tras la reconstrucción del asesinato que al niño Bernardo le extrajeron la sangre para que la bebiera aún caliente una persona enferma, y las mantecas para que le sirvieran de emplasto con el fin de combatir su tuberculosis.

El enfermo era Francisco Ortega “el moruno”, un agricultor de 55 años afectado por la tuberculosis, fuerte, inculto, de reacciones primitivas y tremendamente obsesionado con su vida y su salud. Cuando “el moruno” se sintió enfermo acudió a la curandera Agustina Rodríguez, de 56 años. Ante la incapacidad de Agustina para mejorar su salud, ésta le puso en contacto con Leona, y fue a este desalmado a quien se le ocurrió asesinar a un niño, porque estimó que cuanto más difícil, complejo y monstruoso fuese el remedio, más dinero estaría dispuesto a pagar “el moruno”.

Unos días antes del infanticidio, se reunieron Leona, el enfermo y la curandera Agustina. Entonces, tras asegurar al “moruno” que su enfermedad era mortal de necesidad le comunicó que él tenía el remedio:

“Es necesario que te bebas la sangre de un niño robusto y sano; pero la sangre tiene que estar caliente, según vaya brotando… y luego tendrás que ponerte sus mantecas en el pecho como una cataplasma.”

Francisco Ortega “el moruno” dudó durante unos instantes, pero finalmente decidió que “la salud era antes que Dios”. Acordaron que los dos curanderos se encargarían de todo: raptar al niño, llevarlo a un lugar seguro y avisar al “moruno” en el momento oportuno. Necesitaban ayuda, pero eso no era ningún problema pues la familia de Agustina componía una troupe de salvajes sin escrúpulos capaces de cualquier barbaridad a cambio de algo de dinero.

Julio, el hijo de Agustina, aceptó el encargo: él ayudaría a Leona a raptar a un niño y lo cargaría hasta el cortijo donde se llevaría a cabo el sacrificio a cambio de cincuenta pesetas. José, su mujer y el padre de familia no quisieron intervenir directamente, aunque prometieron encubrir a los autores.

En la tarde del 28 de junio, Francisco Leona y Julio Hernández merodeaban al acecho de su presa cuando vieron aproximarse a tres chiquillos que jugaban. Los asesinos esperaron la oportunidad tras unos matorrales, hasta que uno de los niños, Bernardo, se alejó un poco de sus amigos. Saltó sobre él Leona, tapándole la boca y la nariz con un pañuelo impregnado en cloroformo, con lo que el niño se desvaneció. El curandero lo arrastró hasta donde estaba escondido Julio y lo introdujeron en un saco. Los otros dos niños seguían jugando y se alejaban sin haberse dado cuenta de nada. Julio cargó el saco a sus espaldas hasta el cortijo donde aguardaba Agustina y mientras José fue a buscar al “moruno”, en el cortijo preparaban todo lo necesario: Agustina sacó de la casa una olla, un vaso, un azucarero y una cuchara. Francisco Leona preparaba su navaja recién afilada y Elena, aunque parezca mentira, preparaba la cena, porque ya era la hora.

Cuando llegaron José y el enfermo era ya noche cerrada. Julio extrajo al niño del interior del saco y sostuvo su cuerpo en posición horizontal; Agustina lo sujetaba por los brazos, elevándole el derecho para dejar la axila al descubierto. Junto a la cabeza de Bernardo se situó el enfermo, sentado en una silla baja y a su lado, Leona empuñaba la afilada navaja. José se hallaba sentado en el poyo. Elena sacó el candil al patio y lo sostuvo unos instantes, hasta que sufrió un desmayo, por lo que tuvo que relevarla su marido, que permaneció sentado en el poyo y volvió la cabeza para no ver lo que sucedía.

Cuando la navaja atravesó con una puñalada certera la axila del niño, la sangre comenzó a brotar en un chorro continuo; caía en el interior del vaso que la curandera sostenía debajo. Luego, ésta añadió a la sangre un par de cucharadas de azúcar y se la dio a beber al enfermo, que la tragaba con los ojos cerrados y, que a intervalos, repetía: “mi vida es antes que Dios”.

Terminada la sangría, Leona ordenó al enfermo que regresara a su casa y donde recibiría el segundo remedio para curar sus males. Vendó el brazo del niño para detener la hemorragia, volvió a meter al niño en el saco y de nuevo Leona y “el tonto” cruzaron los campos hasta llegar al lugar que habían elegido para esconderlo; allí lo remataron machacándole la cabeza con piedras y posteriormente, Leona abrió el vientre del cadáver y extirpó la grasa del vientre y el epiplón (las mantecas) y las envolvió en un pañuelo. Después, entre los dos introdujeron el cadáver de Bernardo en una grieta de la quebrada y lo cubrieron con algunas piedras y matas.

Posteriormente “el tonto” dijo haber descubierto el cadáver de Bernardo por casualidad, para poner a la Justicia en la pista de su madre y Leona, en venganza porque a la mañana siguiente al asesinato no quisieron pagarle las cincuenta pesetas prometidas.

Francisco Leona murió en la cárcel sin llegar a conocer la sentencia que le hubiera correspondido: garrote vil. El Tribunal condenó a la pena de muerte en garrote a Francisco Ortega “el moruno”, Agustina Rodríguez y Julio Hernández “el tonto”; a José, a diecisiete años de cárcel y absolvió a Elena. Los informes psiquiátricos influyeron para que “el tonto” fuera indultado, pero las demás penas se cumplieron.

(Publicado en Anboto News en agosto 2003)

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7 comentarios en “Sacamantecas”

  1. El Bloggie de Kurati escribe:

    [...] estaba arrancado porque me llamaba el maquinista. Su título es Sacamantecas. Fusiona las leyendas, fundamentadas en la realidad, del más genuino tipo psicópata hispánico, el asesino de niños que, desde varios puntos de la [...]

  2. Bienzobas escribe:

    Quería agradeceros publicamente (ya que no encuentro emails para hacerlo en vuestra página) el artículo sobre los criminales españoles Garayo y Leona. He utilizado partes de ese artículo para hacer un post en un Blog que hemos abierto para informar sobre un cortometraje que estamos realizando. El cortometraje se llama Sacamantecas y traslada la historia del loco Leona a la ciudad de Toledo.

    Http://sacamantecas.wordpress.com

    Desde aquí, gracias por vuestro artículo,

    Un abrazo.

  3. Anboto News escribe:

    Nos alegramos que os haya sido útil. Gracias por el detalle. El correo para este sitio web es anbotonews (arroba) anboto.com y puede verse en Acerca de Anboto News. Saludos

  4. Lezetxiki escribe:

    Sinceramente este tipo de personajes me dejan claro que el mal no es algo ajeno al hombre. El mal es el hombre. Pero es que curiosamente, cuando surge el peor de los males, como la desaparición de un niño, también se da en el hombre el mayor de los bienes. La solidaridad. La búsqueda que todos los vecinos de ese pueblo almeriense llevaron a cabo para dar con el pequeño.
    Supongo que algunos desarrollan más su lado maligno y otros su lado benigno. Y así seguiremos por los siglos de los siglos. No necesitamos de un Dios o un Demonio para encontrarnos todos los días con el Bien y el Mal. Yo creo que a ambos los llevamos dentro y que nuestra capacidad de raciocinio nos lleva a desarrollar más una conducta u otra opción.

  5. Cayetano escribe:

    Cierto Lezetxiki, en cada uno de nosotros se encuentra el cielo y el infierno. Yo mismo me descubro algunas veces con sentimientos y emociones que corresponden a un loco asesino. Supongo que si uno se alimenta de productos (arte, amistades, familia, ver el lado hermoso de esa fiesta que es vivir, etc.) que desarrollan el “lado bueno” podemos llegar a un equilibrio tal que no nos asuste descubrir, tambien, nuestro lado obscuro: Siempre está ahí: acechando y dispuesto a salir a la superficie.

  6. Lezetxiki escribe:

    Puede que sólo sea yo quien tenga esta sensación pero… a veces creo que se abusa con el estudio del mal. Los historiadores se centran en las figuras que han hecho mal a nuestra sociedad, en los holocaustos, en las guerras, en los genocidios… pero… tal vez, para no caer en la desesperanza, se debería analizar el bien que surge tras el mal. ¿Cuántas películas se han hecho basadas en las guerras, en los desastres naturales, en el terrerismo? Por qué nos regodeamos tanto en la miseria humana y no nos centramos más en el bien que surge ante el peor de los males? Pocos son los historiadores que estudian aspectos como el desarrollo de las ONG-s y su gran labor, pocas son las películas que tratan de la solidaridad humana (y las que lo hacen son subproductos televisivos difíciles de digerir por el espectador, salvo honrosas excepciones como la Lista de Schindler). Pocas veces se ve en un telediario la formidable labor que hacen los bomberos que van voluntarios allí donde ocurre un terremoto. En cambio, en las retinas de todos está el trato pornográfico que las televisiones dan con imágenes como la Operación tormenta del Desierto, el 11S, los atentados en Iraq… Y que poco hemos visto sobre la solidaridad entre bosnios, croatas y serbios durante la guerra de los Balcanes. Siempre nos bombardean con aquellas noticias que deshumanizan al ser humano. Porque, yo creo que cuanto más perversos somos, menos humanos nos volvemos. Porque ser humano no es simplemente ser alguien que come, bebe, mea, caga y hace putadas. Ser humano es darse a los demás. Es nuestra opción personal decidir que queremos y por mucho que tengamos libertad para utilizar nuestra inligencia para hacer el bien o el mal, no seremos humanos si hacemos el mal, solo seremos personas despreciables.

  7. Cayetano escribe:

    Las reflexiones que estás exponiendo aquí Lezetxiki a mi me resultan interesantes. La sensación que tienes, de que tan solo seas tú quien perciba que alimentamos el fuego del infierno echando leña en él cuando prestamos atención a los desastres y miserias humanas, es una sensación producida (en mi opinión) por la incomunicación. Este no es un tema, como tantos otros, del que se hable frecuentemente en familia o entra amigos. Pero puedo asegurarte que no eres el único que piensa o siente de esa manera. Te contaré un ejemplo.

    Como esto es un sitio donde se supone que nos reunimos los que vivimos a la sombra del monte Anboto, voy a contar el asunto utilizando el color local ;)

    Hay muchas personas en la comarca, anónimas e invisibles para los medios (locales, autonomicos y nacionales) que trabajan por convertir este mundo en algo mucho mejor. Sin embargo no se les presta la debida atención. Y es aquí donde deberíamos hacer algo: Hacerlas visibles.

    Por ejemplo, hay un pequeño grupo de agricultores jóvenes en la comarca que han apostado por producir frutas y verduras ecológicas, y se les puede ver en el mercado de los sábados en Durango. Tienen dificultades, la gente no entiende sus precios, se les ningunea, etc. sin embargo ahí están: un pequeño acto heroíco por intentar cambiar las cosas.

    Hay más ejemplos, como aquellos que han optado por bajarse del tren de alta velocidad del consumo y optar por una vida más simple para atender a sus familias y tratar con sus vecinos de forma más amable, sirva para ilustrar lo que quiero decir. ¿A quien le importa esto? De momento a tí, y a otros muchos, para comprobar que no son los únicos en la comarca que tienen inquietudes y emociones distintas a las que marcan eso que llaman “normalidad”

    Un saludo

Comentarios


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