La faja

7 Marzo 2008

No entiendo a las mujeres, en manadas, todas juntas. Con el ruido es imposible enterarse de nada. Es el caso de la exposición La mirada iracunda, comisariada por Xabier Arakistain y Maura Reilly. Sin embargo comprendo perfectamente una voz nítida de mujer: lo que me cuenta Blanca Álvarez, desde la soledad del poeta, trabajando en un ámbito silencioso. Es entonces cuando todas las fajas molestan:

A ningún varón en su sano juicio socialmente correcto se le ocurre aplaudir a los asesinos de mujeres. Pero cada día colean más muertes. A ninguna mujer, medianamente sensata, se le ocurre, como antes, devolver a su hija al marido maltratador y rezar para que no suceda lo peor. Sin embargo, mantenemos ciertas perversas costumbres, falsamente morales, que nos someten, sibilinamente, al mismo mandato. Es como si nos hubiéramos vestido galas nuevas, modernas, sedosas, volátiles, y se nos hubiera olvidado la faja. Deseamos y luchamos por la igualdad de trato laboral, por la equidad doméstica, por devolver la ternura a los padres Sin embargo, mantenemos el discurso de pelearnos entre nosotras para ganar los favores del varón; entregamos el voto a quienes defendieron nuestra castración; insultamos a esas otras que pueden hacer peligrar nuestro parco equilibrio de vida en pareja aunque sólo sea con su peligroso ejemplo de libertad. Y, lo que es peor, transmitimos a nuestras hijas, casi sin darnos cuenta, que, en definitiva, todo es como siempre y la más lista se lleva al varón al altar y a la hipoteca y que, para semejante logro, es menester ver al resto de las mujeres como enemigas

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