El voto emocional
11 Marzo 2008Los medios de comunicación se hicieron eco, ampliamente, del discurso de la hija de Isaías Carrasco y los titulares se concentraron en una frase: “Quien quiera solidarizarse con nuestro dolor que vaya a votar el domingo”. La hija de Isaías Carrasco está en su derecho de decir lo que le venga en gana, es joven y está realmente jodida, pero esto no quiere decir que muchos de nosotros no tengamos otra opinión. “Solidarizarse con su dolor”, por supuesto, pero a la manera de qué o quien. Un condicional: yendo a votar, Pues no, lo siento. Hay otras formas, hay otros mundos, hay otras acciones o movimientos que nada tienen que ver con votar o participar en las perversas matemáticas del sistema electoral español. Los sentimientos de dolor no validan todos los argumentos. Sobre esto y algo más habla Iñaki Ezkerra en el artículo que publica hoy el diario El Correo: Emocional
Los consultores políticos lo llaman así, el voto emocional, y es el que otorga en las urnas el ciudadano condicionado por un hecho traumático que busca exactamente eso: condicionar al votante y su voto. En nuestro país estamos adquiriendo una gran experiencia en ese triste arte de votar emocionalmente unas horas después de cometerse un atentado, o sea que nos estamos haciendo especialistas en una aberración racional. Y es que el voto emocional es un oxímoron, una contradicción insalvable, una quimera. El voto emocional es el ‘antivoto’ ya que se supone que esa acción debe ser reflexionada. Para eso precisamente, para que sea un voto reflexivo y reflexionado el nuestro, existe ‘la clásica jornada de reflexión’. Precisamente por eso en ningún sistema democrático se ha instaurado, salvo en el español, lo que ya podemos llamar con propiedad ‘la clásica jornada de emoción’. Aunque la jornada de emoción lleva camino de oficializarse en España, de instaurarse como costumbre, hay que decir de ella que posee una naturaleza esencialmente antidemocrática. No es democrático el pánico, el dolor, la indignación, el aturdimiento porque es la reflexión sin condicionantes la que nos hace votar libremente. El voto, para ser tal, para ser libre, debe ser todo menos emocional.