Alonso de Salazar y Frías
28 Marzo 2008Gracias a los ensayos de Julio Caro Baroja tuve noticia, por primera vez, de la figura de Alonso de Salazar y Frías (1564-1635). De esta lectura de juventud empecé a intuir como funcionan algunos mecanismos de control sobre la población. Hoy pueden parecernos ridículas las tesis de algunos inquisidores. Describían un ejército de servidores demoníacos intentando destruir la paz y el orden establecido usando avanzadas tecnologías mágicas. ¿Cómo fue posible que, personas de reconocida seriedad, tomaran como ciertas las noticias que describían armas de destrucción masiva por parte de niños de 10 y 12 años de edad?.
Como apunta Pérez Vilariño: «Aunque la Inquisición haya desaparecido de las sociedades industriales, los procesos de cuantificación y tecnocratización plantean en el centro de la problemática actual la estructura social como represiva. Los medios de comunicación de masas, el sistema educativo y las técnicas de la informática se revelan como posibles centros neurálgicos de control social, con un alcance y una eficacia insospechados por las hogueras inquisitoriales». (#)
Las técnicas de engaño para mantener el Terror se han sofisticado, pero en el fondo se trata siempre del mismo asunto: Control.
Es en este contexto donde resulta interesante el artículo de Gustav Henningsen que resume la actividad y la figura de Alonso de Salazar y Frías, un hombre con sentido común enfrentado a la mente cerrada e interesada de sus contemporáneos, un hombre que se negó a creer en la existencia de armas de destrucción masiva: El mayor proceso de la historia.
Los archivos de la Inquisición y, especialmente, los informes que Salazar hizo de su visita a las provincias vascas en 1611, nos permiten hoy reconstruir con gran precisión cómo surge y se propaga una epidemia de brujomanía, algo que aún no ha sido posible a los historiadores hacer en otras zonas. En el norte de Navarra, donde el pánico se extendió en el curso del invierno de 1611 a 1612, observó Salazar que los sospechosos corrían peligro de ser linchados por las masas: se les tiraba piedras, encendían hogueras alrededor de sus casas ya algunos les destruyeron la casa con ellos dentro. La gente de los pueblos recurría a toda clase de tormentos para obligar a los sospechosos a confesarse brujos. Algunos fueron atados a los árboles frutales y abandonados allí durante la noche de invierno; pusieron a otros con los pies en agua hasta que ésta se helaba; descendieron a otros con una cuerda desde un puente y les sumergieron en las gélidas aguas del río. En algunos lugares la gente sacó arrastras a los brujos de sus casas en hilera, los colgó por las piernas de los peldaños de una larga escalera de mano, y de esa guisa recorrieron el pueblo alumbrados por antorchas entre gritos, golpes e improperios. La violencia popular de las montañas de Navarra llegó a costar la vida aquel invierno a varias personas. Entre las víctimas se encontraba una mujer encinta, que expiró atada a un banco, mientras un nutrido grupo de gente en nombre de la ley la interrogaba aplicándole el garrote. Mas Salazar no se limitó a informar, intentó, también, hallar una explicación. Deseaba comprender aquel súbito pánico -puesto que realmente había sido repentino-, y uno de los resultados más sorprendentes de sus pesquisas fue el descubrimiento de que, antes del inicio de las persecuciones, la supuesta secta de brujos era totalmente desconocida entre los vascos de la parte española de los Pirineos.