Año 1981, Salas Municipales de Cultura, Durango. Una exposición monográfica dedicada a Andrés Nagel que incluía grabados, libros, esculturas. Participé entonces en el montaje de dicha exposición, nada especial, como simple criada a las órdenes del autor y sin cobrar un duro: Por amor al Arte que le dicen.
Recuerdo entonces el descubrimiento de todo un mundo. Los maravillosos, cachondos y pseudo profundos libros. Desplegables, con sorpresa, sin sorpresa, con mostaza (de lo que se come se cría) o ketchup (la Real Gana: ¡Aúpa la Real!) y otras maravillas que hoy tampoco soportarían la censura si el inquisidor hubiera sido más inteligente. En aquella exposición mirábamos mucho de reojo, temiendo que algo o alguien le fuera con el cuento a quien no debiera. Pasó, nadie se enteró y el tiempo, que todo lo degrada, ha sumido en el moho, tambien, las Salas Municipales de Cultura de Durango.
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