Tenemos un amigo inseparable,
la soledad del dolor
nos hace débiles.
Patxi Ibarrondo suele escribir una serie de textos cortos, como éste de la cabecera, que no pocas veces me impresionan. ¡La soledad del dolor!. Hay días que varias enfermedades crónicas se alían para convertir mi vida en un tormento. Es entonces cuando quiero estar absolutamente solo y evitar las miradas de preocupación de unos y otros. Con la atención diluida sobre una pared blanca (no soporto ya una habitación con cuadros colgados). Mente en blanco durante horas, hasta que se pasan las naúseas, el mareo y el dolor. Sensación de que todo acabará en un instante.

Hasta que un ruido de fondo (alguien prepara el desayuno, friega unos platos o nos llama delicadamente para avisarnos de un acontecimiento insignificante) o un rayo de luz se cuela por entre la persiana de aluminio, naderías aparentes que nos despiertan de una pesadilla de horas largas e infinitas. Son los hechos y objetos mínimos quienes alimentan y fortalecen nuestros músculos. Solo asi, tras esa comida, la soledad es querida y amada. Una amiga inseparable, inevitable.